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Iglesia Española Reformada Episcopal

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La Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE), es una iglesia retrasadaevangélica y [[gonorroica parte activa de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE) y a causa de su tradición católica anglicana, tiene también plena membresía en la Comunión Anglicana mundial y es asimismo miembro del Consejo Mundial de Iglesias. Se considera a sí misma una parte plena de la una, santa, católica y apostólica Iglesia establecida por Cristo y sus apóstoles.

Tabla de contenidos

[editar] Historia

La Reforma en Inglaterra: Enrique VIII

    No acaba de desarraigarse la visión de la reforma inglesa como producto de las veleidades de un monarca enamorado y lascivo, conforme al tópico acuñado por la historiografía polémica romana.  A estas alturas no es preciso ni advertir que la apreciación, simplista, poco tiene que ver con la realidad histórica.  Y es esta realidad la que intentaremos exponer, fijándonos en unos orígenes complicados para tratar de descubrir el proceso, lleno de alternancias, que concluyó en el anglicanismo.  
    Un factor fundamental que aclararía muchas cosas de la época es entender que la eclesiología occidental del siglo XVI no estaba todavía elaborada con claridad.  Uno de sus capítulos más oscuros era el referente a la función del Papa.  Por supuesto, por aquel entonces nadie lo creía infalible; su superioridad sobre los Concilios pocos la admitían.  El ser uno de tantos príncipes situaba su ministerio en los niveles políticos más que en los doctrinales.  
    Además, se le sentía lejano por un pueblo, al que sonaba más como extranjero extractor de impuestos que como pastor universal.  Las elites le reprochaban el haberse convertido en una rémora del anhelo generalizado de reformas.  Unos y otros sintonizaban más con el monarca cercano que con el pontífice despreocupado de lo espiritual.  Cuando, en los umbrales de la ruptura inglesa, tuvo lugar el Saco de Roma (1527) por las tropas imperiales, fueron muchos los que esperaron que el emperador Carlos se decidiera a enderezar la Iglesia Romana de una vez imponiéndose sobre el Papa encerrado.  Esa desconfianza y esta lejanía eran, si cabe, más perceptibles en Inglaterra.  Precisamente en 1516, Tomás Moro publicaba –con toda la fuerza del género utópico- el sueño de una Iglesia autónoma, sin pontífices, tolerante, con pocos sacerdotes (y sacerdotisas) elegidos por el pueblo.  Y siglo y medio antes, Juan Wiclyf divulgó sus severas críticas al sistema romano (que se creía por encima del poder civil) por el conflicto de jurisdicciones.  En el duelo entre el Papa y los monarcas por ganar parcelas de poder, aquél había perdido bazas como la del control del episcopado, presentado por los reyes en casi todos los reinos cristianos.  
    De hecho, la jerarquía, y con ella las iniciativas, en cierto sentido, se habían nacionalizado.  El poder monárquico disponía de medios suficientes para vetar intromisiones pontificias e impedir apelaciones a Roma.  La Iglesia francesa era más galicana, la española más regalista, la inglesa (ya antes del cisma) más anglicana que romanas.  Bien mirado el panorama, lo extraño no es que algunos Estados modernos de la Cristiandad rompieran con Roma; más extraño es aún que no lo hicieran casi todos.  
    A comienzos del siglo XVI, Escocia era aliada de Francia, e Inglaterra de España, hasta tal punto que las tensiones políticas entre los dos grandes reinos del continente se reflejaban en sus dos congéneres insulares.  A fin de fortalecer su alianza con España, Enrique VII, quien reinaba en Inglaterra, concertó un matrimonio entre su hijo y presunto heredero, Arturo, y Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos.  El matrimonio se llevó a cabo con gran pompa cuando Catalina tenía quince años, sellando así la amistad entre España e Inglaterra.  Pero a los cuatro meses murió Arturo, y los Reyes Católicos propusieron una alianza entre la joven viuda y el hermano menor de Arturo, Enrique, quien era ahora el heredero al trono.  
    Enrique VII deseoso de no perder las ventajas de la alianza matrimonial, había propuesto que la viuda de Arturo se casara con su segundo hijo, Enrique, que más tarde será Enrique VIII.  Pero había un obstáculo para ese matrimonio, proveniente del mandato bíblico contenido en Levítico 20,21 que dice: “El que tomare la mujer de su hermano comete inmundicia; la desnudez de su hermano descubrió; no tendrán hijos”.   Catalina sostuvo que su matrimonio anterior había sido nominal debido a la mala salud de Arturo y por su testimonio la dispensa fue concedida.  Así fue como Enrique, a los dieciocho años de edad, se casó con la viuda de su hermano, que a la fecha de la boda frisaba en los treinta.  
    Durante diez años el matrimonio pareció funcionar; pero había un problema serio: siete hijos nacieron pero seis fallecieron en su infancia.  La salud de Catalina comenzó a decaer y Enrique convirtió a las damas de la corte en objeto de sus atenciones.  
    Enrique era un joven estudioso, apuesto, generoso y de gran popularidad.  Había heredado la dignidad real de sus antepasados: inteligente, enérgico y positivo, la religión ocupaba un lugar importante en su vida.  En verdad todo era propicio para él y para Inglaterra al tener como  rey a un erudito nada despreciable para su época.  En el año de 1521, escribe un libro denunciando los puntos de vista doctrinales del monje reformador alemán Martín Lutero, que tenía a tan mal traer al papado.  Esta obra mereció el aplauso y que el Papa concediera a su autor el título de “Defensor de la Fe”.  
    Tres factores se fueron combinando para producir el cambio que provocaría el  cisma en la Iglesia de Occidente: el deseo del rey por tener un hijo varón, el crecimiento del sentimiento nacionalista y anticlerical y la difusión de las ideas reformistas en la religión.  
    Uno de los motivos de  preocupación de Enrique VIII constituía el hecho de no tener un hijo que le sucediera en el trono.  Era un problema grave, porque si no quedaba asegurada la sucesión, a su muerte el país podía desembocar en una guerra civil entre los distintos pretendientes con más o menos derechos.  Enrique, espíritu de su época, pese a su erudición y cultura, con temor, comenzó a pensar que quizás  había, en efecto como muchos lo aseguraban, algo viciado en su matrimonio, ya que todos los hijos nacidos en esa unión habían muerto, a excepción de la princesa María, pareciendo confirmar la maldición bíblica de Levítico 20,21.  Por otra parte, cuando se negoció el matrimonio de la  princesa  María, con uno de los hijos del rey de Francia, la respuesta, política por supuesto, fue negativa  y se dio como excusa la dudosa validez del matrimonio de Enrique con Catalina, ya que el Papa se habría excedido en su autoridad al conceder la dispensa.  
    Entre tanto, las relaciones entre Inglaterra y España estaban en su punto más bajo porque Enrique era candidato a emperador del Sacro Imperio Romano, llevándose el título el español Carlos I porque compró los votos esquilmando a Castilla.  
    Entonces Enrique, con el consejo de sus allegados, empezó a pensar en la posibilidad de anular su matrimonio con Catalina, a quien nunca amó, ya que su enlace sólo fue un arreglo político.  
    Así pues, lo que preparó el terreno para el desarrollo del anglicanismo fueron, precisamente, los problemas con la sucesión del trono inglés.  Después que Enrique VII acabó con sus rivales en la sangrienta guerra civil conocida como La Guerra de las Dos Rosas, él y sus descendientes de la familia Tudor tenían un gran temor al retorno de la inestabilidad de aquella época.  Su hijo Enrique VIII contrajo matrimonio con la princesa española Catalina de Aragón, bastantes años mayor que él, después de la muerte de su esposo Arturo, hermano mayor de Enrique.  Pero Enrique, hombre religioso, comenzó a creer que su matrimonio provocaba la ira de Dios, puesto que la unión no había producido un varón, y por lo tanto no tenía un heredero adecuado.  No es difícil comprender, en estos días de sucesión constitucional sin disturbios, cuán vital era que la sucesión al trono fuera determinada con anterioridad, sin posibilidad alguna de duda.  Enrique deseaba desesperadamente tener un heredero varón.  Entonces comenzó a trabajar su conciencia, y empezó a analizar sus opciones, especialmente después de conocer a la bella cortesana Ana Bolena.  ¿Se había casado realmente con Catalina?  ¿No era la muerte de tantos hijos un juicio de Dios sobre lo que suponía una unión incestuosa?  ¿No era él verdaderamente libre de casarse con quien quisiera, en particular con Ana Bolena?  Enrique no era un hombre sin escrúpulos.  Tenía una conciencia sensible todavía por aquel entonces; el único problema estribaba en que su conciencia le decía con frecuencia que lo que él deseaba hacer era siempre lo correcto.  
    Hablamos comúnmente del divorcio de Enrique; pero esto es inexacto.  Lo que Enrique quería no era un divorcio, sino una anulación, una declaración de que, debido a un impedimento canónico, nunca había tenido lugar un verdadero matrimonio.  Enrique presentaba el caso mucho mejor de lo que, con frecuencia, se ha admitido.  Éste era, aparentemente, el primer caso moderno en que un Papa concedía una dispensa a un hombre para casarse con la viuda de su hermano.  Muchos eruditos dudaban incluso sinceramente de que el Papa pudiese conceder semejante dispensa, contradiciendo el mandamiento específico de Levítico 20,21.  
    El Cardenal Wolsey se hizo cargo de la situación en nombre de Enrique.  Wolsey era un estadista hábil, consumado diplomático, patriota y partidario de su rey, y tenía muy buenas relaciones en Roma.  Emprendió, pues, la tarea de conseguir la anulación del matrimonio de Enrique y Catalina.  No el divorcio, como comúnmente se afirma con ligereza, ignorancia o mala fe.  Se trataba de obtener del Papa la declaración de que nunca hubo verdadero matrimonio por razones de parentesco en línea prohibida, es decir, la declaración que dicho matrimonio es nulo por defecto de origen y por lo tanto nunca existió válidamente.  
    Cuando se puso el asunto en manos del Papa no se esperaba que surgiera ninguna dificultad.  Enrique no pedía nada raro u original.  En el año 1152, el Papa había separado a la reina Leonor de Francia de su esposo Luís VII, después de catorce años de matrimonio y del nacimiento de varios hijos, no basándose en otra cosa que en la incompatibilidad de caracteres, aunque fue declarado que se hallaba dentro de los grados de consanguinidad prohibidos.  A los tres meses ella se casó con Enrique de Anjou, más tarde rey de Inglaterra, con el nombre de Enrique II.  
    Cuando Enrique era un niño aun (nació en 1491), el rey Luis XII, quien antes de llegar a ser rey contrajo matrimonio con una princesa francesa llamada Juana de Valois, repudió a su esposa  con plena autorización papal, en 1498.  
    Juana de Valois, tras la anulación de su matrimonio se retiró a la ciudad de Bourges donde fundó la Orden de la Anunciación de monjas contemplativas.  Falleció el 4 de febrero de 1505 y dos siglos más tarde fue canonizada con el nombre de Santa Juana de Francia.  
    Con estos precedentes era de esperar que el  asunto marchara sobre ruedas, pero no fue así.  Catalina era tía del emperador Carlos V, quien no tenía ganas de ver a su tía caer en desgracia, ni estaba dispuesto a tolerar insultos a la Casa Real española.  Carlos V era toda una potencia, pues reinaba sobre uno de los imperios más grandes que el mundo haya visto.  Su madre era Juana“la Loca”, hija de los Reyes Católicos, y hermana de Catalina.  
    No es de extrañar que el Papa reinante, Clemente VII, Julio de Médicis, partidario y aliado de Francisco I de Francia, se pensara bien si apoyar a Enrique o no.  De hecho, en los momentos en que la embajada de Enrique presentaba la petición formal al Papa, las tropas de Carlos V invadían Roma y ponían al Pontífice en la condición de prisionero de guerra.  El muy católico Carlos V, emperador de Occidente, defensor de la catolicidad y de la “verdadera” Iglesia, perseguidor de “herejes” y “cismáticos”, no tuvo ningún reparo en  asaltar la ciudad de Roma y encarcelar al Papa, líder visible de su Iglesia, y todo por razones políticas.  
    En tales circunstancias Clemente VII no puede contrariar a su amo el emperador, pero tampoco quería oponerse a un rey tan excelente como Enrique VIII -“Defensor de la Fe Católica”-, toda vez que la Reforma amenazaba con incendiar Alemania.  Clemente pospuso el asunto y rogó a Enrique que esperara tiempos mejores.  Y Enrique esperó y esperó...  por largos siete años.  
    Nada puede estar más lejos de la verdad que presentar al Papa como defensor del matrimonio y a Enrique intentando degradarlo para satisfacer sus instintos.  Si el Papa hubiera dicho a Enrique desde el primer momento que la disolución de su matrimonio era imposible, acaso hubiera disuadido a Enrique de dar el paso que se había propuesto dar y, al menos, se habría granjeado el respeto de la Cristiandad.  Pero esta no fue la actitud del Papa.  Además, él quería conceder a Enrique la anulación que pedía, con tal de que pudiera encontrar un medio de hacerlo sin ofender al emperador Carlos, a quien Catalina había recurrido para que la salvase de la deshonra.  Clemente VII estaba dispuesto a llegar adonde fuera, incluso hasta permitir a Enrique, en estas especiales circunstancias, cometer bigamia.  Pero no podía declarar nulo su matrimonio con Catalina sin airar al poderoso Carlos.  Por tal motivo, le dio largas al asunto y hasta llegó a sugerirle a Enrique que, en lugar de repudiar a su esposa, tomara otra secretamente.  Pero Enrique estaba determinado a contraer un matrimonio que no dejara duda alguna sobre la legitimidad de sus herederos y solamente una libertad indisputable para volverse a casar le satisfaría.  
    Wolsey, el Cardenal Canciller inglés, perdió su puesto por no haber podido conseguir lo que Enrique deseaba y se agotaron las gestiones de todo tipo para lograr un resultado favorable, pero sin éxito.  El Papa no podía resolver porque la pesada mano del emperador se posaba sobre él.  
    En esta parte de la historia, los romanistas, o los influenciados por su escuela, despachan el asunto diciendo que Enrique era un “depravado”, que pretendía corromper los principios cristianos del matrimonio y que el Papa prefirió perder una nación antes que ceder.  Esto suena muy bonito y elevado, pero los “porfiados hechos” lo contradicen.  
    Es cierto que Enrique no era ningún santo, pues su moral dejaba mucho que desear, pero no era tampoco la excepción, comparado con sus colegas europeos; sobre todo con el emperador Carlos.  El Papa Clemente VII era hijo bastardo de los Medicis y el Papa Paulo III tenía varios hijos ilegítimos.  ¿Dónde estaba la moral aquí?  Era simplemente un caso de política y se relacionaba con el juego de poderes en Europa.  Carlos V temía que la anulación del matrimonio de Enrique significara un viraje de éste en favor de su enemigo, Francisco I de Francia; y él no iba permitir esa amenaza.  
    En este contexto no tan simple hay que situar el complicado proceso de esta regia separación.  Divorcio que sería ahistórico considerar como efecto de desamor y amores del monarca, lo que sería trasladar a su época conductas propias de siglos posteriores.  El amor estaba ausente en los contratos matrimoniales de los reyes; en estos casos los matrimonios eran asuntos de Estado o pactos internacionales.  Para satisfacer pasiones (si era preciso) disponían de otros medios y mujeres, como hicieron Fernando el Católico o el propio Carlos V, en un ambiente que admitía los hijos bastardos.  
    En aquella sociedad sacralizada no eran tan banales los escrúpulos del rey.  Por eso, cuando Catalina, a sus cuarenta años, evidencia su incapacidad para cumplir su función de parir hijos que aseguren la herencia del reino sin sobresaltos.  Enrique VIII, con treinta y cuatro años, se ve forzado a buscar otra solución, es decir, otra mujer.  Pero todo de forma legal para no dejar resquicios.  
    Así se inició un proceso que se creía llano y resultó pletórico de dificultades.  La peor, según la coyuntura internacional, fue que el Papa Clemente VII se hallaba preso de Carlos V tras el Saco de Roma, y el emperador no estaba inclinado a facilitar las cosas.  
    En Londres se desarrolló la primera fase de un proceso singular desde mayo de 1529, una vez que el cardenal legado del Papa, Campeggio, no consiguió que la reina se hiciese monja para facilitar las cosas.  Hubo argumentos en pro y en contra de la invalidez del matrimonio, interpretaciones encontradas de los textos bíblicos, discusiones acerca del poder del Papa en aquella confrontación de altura entre el abogado del rey, Gardiner, y el de la reina, el obispo de Rochester, Juan Fisher, presidida por los representantes de Inglaterra (Wolsey) y Roma (Campeggio).  
    Mientras, Enrique comenzaba a perder la paciencia y aceptaba la sugerencia de un catedrático de la Universidad de Cambridge, Tomás Cranmer, para pedir opinión de las universidades católicas más prestigiosas –París, Orleáns, Tolosa, Oxford, Cambridge y hasta las italianas-, que declararon que el matrimonio no era válido.  Así pues, el caso se arrastró de tribunal en tribunal, para escándalo de la Cristiandad.  Enrique envejecía año tras año y, en 1529, todavía no se había llegado a decisión alguna sobre su petición.  
    Entonces, en 1531, como una manera de presionar al Papa, Enrique acusó al clero de Inglaterra de haber violado la antigua “Ley de Praemunire” de 1353, al haber reconocido la autoridad de Wolsey como legado papal.  Esa ley, establecida por el rey Eduardo II, prohibía al Papa hacer nombramientos a beneficios ingleses, advirtiéndose que quien los aceptara sería multado y encarcelado.  Enrique aplicó la multa y cambió la pena de cárcel por la obligación de que la Iglesia inglesa adoptara una fórmula reconociendo al rey como  “Jefe supremo de la Iglesia y del clero de Inglaterra”.  Los obispos se negaron, pero se les explicó que sólo se refería a los asuntos temporales, e involucraba el deber del rey de cuidar que la labor de la Iglesia se desarrollara pacífica y ordenadamente.  Los obispos, entonces, aceptaron,  siempre que se agregara la frase: “Tanto como la ley de Cristo lo permita”.  
    En 1532, el Parlamento aprobó una ley que prohibía pagar las “anatas” a Roma, salvo con el consentimiento del rey.  En mayo de 1532 el clero inglés acordó, no solamente no emitir leyes eclesiásticas sin permiso del rey, sino someter todos sus cánones a revisión  por una Comisión nombrada por el rey.  En febrero de 1533,  el Parlamento prohíbe toda apelación a Roma.  En el mismo mes, Enrique obtiene del Papa la ratificación de  Tomás Cranmer como arzobispo de Canterbury.  
    Así pues, para abril de 1533 ya habían ocurrido dos acontecimientos trascendentales: Ana Bolena, en relaciones con Enrique VIII desde hacía tiempo, hizo público su embarazo y, las esperanzas regias de lograr un sucesor no bastardo se vieron asistidas por la muerte del arzobispo de Canterbury William Warham, decidido contradictor del divorcio.  El nuevo arzobispo, Cranmer, era una criatura de Enrique VIII, propuesto por éste y confirmado por el Papa, previa amenaza de retener los fondos que debían ir a Roma.  En adelante será el protagonista de las decisiones fundamentales desde su condición de primado.  Por de pronto aceleró el proceso, ya sólo inglés: el 23 de mayo se dictó sentencia que declaraba nulo el anterior matrimonio con Catalina; cinco días más tarde se proclamaba la legitimidad del celebrado con Ana Bolena; el 1 de junio fue coronada con todas las solemnidades al caso, y el 7 de septiembre alumbraba a quien se deseaba príncipe, pero que resultó ser princesa con la presumible decepción del rey.  Mientras tanto, la primera mujer se consumía en prisión dorada, con confesiones constantes e inútiles de su condición de reina, hasta morir tres años después, en 1536.  
    Los propagandistas de ambos bandos han tratado de presentar al Papa Clemente o al rey Enrique de forma honorable en este asunto.  Los dos contribuyeron al desenlace final.  Enrique se declaró Cabeza de la Iglesia de Inglaterra, obtuvo su anulación matrimonial y se volvió un megalómano.  Había suficientes precedentes para otorgarle la anulación.  Clemente lo habría hecho si no estuviera atrapado en sus propias intrigas.  Que príncipes como él llegaran a ser Papas es una de las razones que condujeron a la Reforma.  
    Enrique no tenía simpatías hacia los protestantes.  De hecho, pocos años antes había compuesto un tratado contra Lutero, y había recibido de León X el título de “defensor de la fe”.  Pero las ideas luteranas, unidas al remanente que todavía quedaba de las de Wyclif, circulaban por todo el país, y quienes las sostenían se alegraban del distanciamiento entre el rey y el Papa.  Recuérdese además que el programa de Wyclif incluía una Iglesia nacional, bajo la dirección de las autoridades civiles, y se verá hasta qué punto lo que estaba sucediendo en Inglaterra concordaba con tales ideas.  Además, era de todos sabido que Cranmer participaba del mismo sueño de una Iglesia reformada bajo la autoridad real.  
    Durante la anulación del matrimonio entre Enrique y Catalina, alguien, se supone que Tomás Cromwell, pero este extremo no lo sabemos a ciencia cierta, puso en la mente de Enrique la pregunta de si era absolutamente necesario recurrir al Papa.  En asuntos civiles o criminales, no podía hacerse apelación alguna de los tribunales del rey a un tribunal de ultramar, como, por ejemplo los tribunales del Sacro Imperio Romano.  ¿Había alguna razón para que un caso eclesiástico fuera dirimido más allá de los tribunales eclesiásticos del país y juzgado por un obispo extranjero?  Esto suscitaba una pregunta seria: ¿quién tenía el derecho a declarar y ejecutar la ley en Inglaterra?  Uno de los resultados del Renacimiento del siglo XV fue la atención que la gente había dirigido a los textos originales del Derecho Romano y, en particular, al gran legislador, el emperador Justiniano del siglo VI.  Allí se encontró a un príncipe, el basileos, que era “fons utriusque juris”, la fuente del derecho de la Iglesia lo mismo que la ley del Estado.  Correspondía a los Patriarcas y los obispos poner la ley en vigor, pero la ley que administraban era la ley del emperador cristiano, y estaba bajo su autoridad el que ellos la administraran.  En Occidente, al principio del siglo IX, Carlomagno había tratado los asuntos eclesiásticos exactamente en la misma forma.  Guillermo el Conquistador, como hemos visto, había impedido que pasaran apelaciones de Inglaterra a Roma.  ¿Acaso era el monarca Enrique VIII menos poderoso como príncipe que ellos?  
    Si Enrique era el nuevo Justiniano, ¿qué ocurría con las pretensiones del Papa de ser el juez supremo en Inglaterra y tener la voz final en todas las causas eclesiásticas?  Enrique respondió rotundamente que esto era una jurisdicción usurpada; los Papas anteriores no tuvieron semejante pretensión, ni había sido admitida tampoco por los reyes ingleses; era un abuso que se había introducido en los tiempos de ignorancia.  Pero los tiempos de ignorancia se habían terminado.  
    La ruptura definitiva se produjo en 1534, cuando el Parlamento, siguiendo en ello los deseos del rey, promulgó una serie de leyes prohibiendo el pago de las anatas y de otras contribuciones a Roma, declarando que el matrimonio de Enrique con Catalina no era válido, haciendo del rey “cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra”, y declarando traidor a todo el que se atreviera a afirmar que el rey era cismático o hereje.  
    La ley de supremacía, con todas sus consecuencias, consagraba de derecho lo que ya era un hecho.  Hay que advertir –y la advertencia huelga para los iniciados- que el monarca inglés nunca se arrogó competencias episcopales o sacerdotales.  Ningún soberano inglés ha pretendido jamás el derecho o la autoridad para realizar funciones espirituales en la Iglesia.  El término “cabeza suprema” era, en primer lugar, legal en su aplicación.  Lo que se transfirió fue el poder incontestable y absoluto, la jurisdicción sobre un ámbito como el eclesiástico, entonces tan decisivo, sin competencias de poderes extranjeros del pontificado.  No hay contenidos dogmáticos, sólo disciplinares.  Se trataba, no hay duda, de un asunto de Estado más que de divergencias doctrinales.  Lo que Enrique negaba es que el Papa pudiese declarar cuál era la ley de la Iglesia de Inglaterra, y poner dicha ley en ejecución a través de los tribunales propios del Papa.  Enrique negó que el Papa tuviera semejante poder.  Decir que cualquier poder extranjero tiene potestad de gobernar en Inglaterra significaba traición al gobierno.  Esa es la razón por la que Enrique declaró que el negarle el título de cabeza suprema de la Iglesia significaba traición, una disminución de la autoridad del rey en sus propios dominios.  
    Enrique no podía tolerar que el Papa nombrara los obispos y abades de Inglaterra a su capricho, y declaró que, en adelante, sólo él, tomaría la responsabilidad de elegir a los candidatos que cubrirían las vacantes.  Enviaría al cabildo un solo nombre y el cabildo debería, con “toda rapidez y celeridad”, elegir el candidato propuesto por el rey, bajo las severas penas del Acta de Praemunire.  En la practica, esto no difería mucho de lo que había ocurrido en el pasado; los reyes ingleses habían conseguido por regla general los obispos que habían querido, aunque, con frecuencia, habían sido necesarias hábiles negociaciones con el Papa.  Y tampoco fue la práctica de la posreforma inglesa tan diferente en países católico-romanos.  En Austria, hasta finales de la Primera Guerra Mundial, los obispos eran nombrados por el emperador.  Y en la Francia de la Tercera República, hasta 1905, eran elegidos prácticamente por un Ministro del Interior, probablemente anticlerical.  No obstante, había desventajas en el sistema autocrático introducido por Enrique, que pesan sobre la Iglesia de Inglaterra y también sobre la Comunión Anglicana hasta nuestros días, ya que no puede votar y elegir a su primado, sino aceptarlo de manos del primer ministro de la Corona (aunque sea católico romano, como Tony Blair nombrando a Rowan Williams).  
    Cuando una sede episcopal inglesa queda vacante, la reina actúa bajo el Acta de 1535 y envía solamente un nombre al cabildo de la diócesis interesada.  El cabildo se reúne y, después de invocar la guía del Espíritu Santo, procede a elegir al candidato, en cuya elección la Iglesia como tal no tiene voz en absoluto.  Nadie puede llegar a ser obispo en la Iglesia de Inglaterra sin someterse a lo que a duras penas se puede llamar un ceremonial edificante.  A veces, se argumenta que la Iglesia ejerce cierto control sobre el nombramiento y que el cabildo es libre de rehusar la elección del candidato real.  Pero si en 500 años, un solo cabildo hubiera rechazado a alguno, dicho argumento tendría valor.  Por fortuna, todas las demás Iglesias de la Comunión Anglicana se han liberado del pasado y son sólo las diócesis inglesas donde la mano del monarca se asegura de escoger al que le promete el mejor servicio.  
    Pero todo aquello no podía quedar así, y en julio de 1533 Clemente VII amenaza a Enrique con la excomunión si no restaura a Catalina a su estado conyugal anterior.  La respuesta del rey la recibiría el sucesor de Clemente, Pablo III.  En 1534 Enrique hace sancionar por el Parlamento una serie de leyes por las cuales se prohibía todos los pagos al Papa, todos los obispos serán elegidos a propuesta del rey.  Se desconoce todos los juramentos de lealtad al Papa, licencias romanas y toda forma de autoridad Papal.  En noviembre de ese año el Parlamento aprueba la famosa “Acta o Ley de Supremacía”, por la cual Enrique y sus sucesores fueron declarados “El único Jefe Supremo en la tierra de la Iglesia de Inglaterra”.  La Iglesia, entre tanto, declaraba que "el obispo de Roma no tiene, según las Escrituras, más autoridad en Inglaterra que cualquier otro obispo extranjero”.  
    Pero esto no podía ser aceptado sin oposición por muchos y leales fieles a la Corona que fueron acusados de traición.  Aunque es verdad que no fueron muchos los que se opusieron.  No cabía esperar gran contradicción entre los obispos ni entre el clero secular: se plegaron dócilmente a la nueva situación, y el único que no lo hizo, el obispo de Rochester, John Fisher (+1535), fue encerrado en la Torre, y tras el proceso sumario correspondiente, decapitado (22 de junio de 1535).  Cuando Fisher estaba ya en prisión por rehusar prestar el juramento, el Papa lo nombró cardenal; y este acto indiscreto lo condenó ineludiblemente.  
    Aquella primavera, sin embargo, estuvo plagada de otras víctimas que nutrirían los martirologios católicos.  Eran monjes y frailes, más sensibilizados hacia la supremacía del Papa, exentos de la jurisdicción episcopal, que dependían menos para subsistir del monarca, más romanos que anglicanos.  
    Algunos centenares de cartujos (populares en la sociedad inglesa por su rigor) y franciscanos fueron encerrados en la Torre de los traidores o confinados en otros conventos menos hostiles.  Una quincena, con los abades más significativos, fueron los primeros en ser ejecutados (para escarmiento de los demás) con rigor inexorable y conforme a los hábitos medicinales de la época.  
    Pero el proceso más conocido, el que conmovió a la Europa católica, en especial a la república de los humanistas, fue el de Tomás Moro, quizá el personaje más prestigioso de aquella Inglaterra, en la que había ostentado la suprema dignidad de “speaker” y luego Lord canciller tras la caída de Wolsey (1529).  Podemos contemplarle hoy día en la calma y alegría de su vida familiar, en la austera devoción de su práctica religiosa, en la firme resolución con que soportó una larga prisión llena de incertidumbre y en el valor tranquilo con que se enfrentó a la muerte.  Y es que ante el rumbo del asunto del divorcio real dimitió (1532) de sus cargos y honores para no comprometer su conciencia, convencido como estaba de la validez del primer matrimonio de Enrique VIII.  Acosado, a su negativa posterior a jurar el Acta de Sucesión (obsérvese, la de sucesión más que la cismática de supremacía), siguió el destino de la Torre.  En su prisión lo visitó una de sus hijas, a quien él había hecho educar con los mejores conocimientos del humanismo de su época.  Se cuenta que, cuando su hija lo instó a retractarse y aceptar al rey como cabeza de la Iglesia, nombrando los muchos personajes ilustres que lo habían hecho, Moro le contestó: “No me es dado cargar mi conciencia a espaldas de otro”.  Llevado a juicio, el excanciller se defendió diciendo que él nunca había negado que el rey fuese cabeza de la Iglesia en Inglaterra, sino que sencillamente se había negado a afirmarlo, y que a nadie se le puede condenar por dejar de decir algo.  Pero cuando se le condenó a muerte declaró que, para desahogar su conciencia, deseaba dejar constancia de que no creía que un laico pudiese ser cabeza de la Iglesia, o que hubiera reino humano alguno con autoridad para establecer leyes en materia eclesiástica.  
    Como amigo de los “reformadores de Oxford”, de Erasmo de Rótterdam (quien le llamó “un hombre para todas las horas”) y del deán Colet de San Pablo y como autor de la Utopía, Moro se había percatado bien de que había muchas cosas en la Iglesia medieval que necesitaban reforma.  Estaba dispuesto a apoyar a Enrique en sus planes, pero cuando llegó el juramento, halló que, en conciencia, no podía prestarlo.  
    Por supuesto que todo el mundo quería salvarle.  Enrique mismo expresó su más profundo pesar en su muerte y el tribunal llevó luto por dos semanas después de su ejecución.  Sin embargo se trataba de uno de esos casos trágicos en los que una persona ve como una obligación religiosa lo que es interpretado por otra en términos de necesidad política; y ninguna de las dos dio su brazo a torcer.  Para Enrique, Moro se había transformado simplemente en un vasallo desleal y, por tanto, merecía morir ejecutado.  
    Y es que su proceso nos es bien conocido gracias a la transmisión, que se conserva, de sus propias vivencias.  No se le pudo sorprender, legista avezado como era, en su lealtad monárquica a toda prueba.  El suyo fue un caso precoz y no habitual de lucha denodada por la libertad de conciencia y del sentido humanista de la unidad de la Cristiandad (porque, por otra parte, era un convencido, de tantos como había entonces, de la superioridad de los Concilios sobre el Papa).  Era esa libertad, similar a la que Lutero había desarrollado ante el Papa y el emperador, la que le movía y le sostuvo en la prisión prolongada por más de un año y en la cual escribió bellos tratados de ascesis cristiana y resonancias socráticas.  
    Tomás Moro se enfrentó a la muerte dulcemente y sin rencor.  No constan palabras más nobles de un hombre bajo sentencia de muerte que sus últimas palabras ante sus jueces: “No tengo más que decir, mis señores, sino que, de la misma manera que el bienaventurado apóstol Pablo estaba presente y consentía en la muerte de Esteban, y guardaba los vestidos de quienes lo lapidaban, y sin embargo ambos son ahora santos en el cielo, y continuarán allí como amigos juntos por siempre, así también en verdad confío, y por tanto oraré de todo corazón que aunque sus señorías han sido ahora jueces aquí en la tierra para mi condenación, podamos sin embargo en los cielos alegremente reunirnos todos, para nuestra salvación eterna.  Y así deseo que el Dios todopoderoso preserve y defienda la Majestad del rey, y le envíe buen consejo.  Muero como servidor fiel del rey, pero de Dios primero”.  
    La posición de Tomás Moro choca con aquellos otros hombres de Iglesia (por ejemplo el arzobispo Tomás Cranmer) que podían fundamentar en el plano teológico otra relación Iglesia-Estado distinta de la romana, pero que aceptaron sin una palabra de protesta el que su dirigente político supremo (tenido por muchos cada vez más como loco, como monstruo o como ambas cosas) no sólo mandara ajusticiar a algunas de sus esposas y viejos amigos, sino también a otros 50 “traidores” y por último a miembros de la familia Pole (de la que descendía el cardenal Reginald Pole) y Courtenay porque podrían haber llegado a resultar peligrosos por su sangre real para la débil dinastía Tudor.  
    En 1935, cuatrocientos años después, Moro fue declarado santo por la Iglesia Romana.  Verdaderamente santo, no exento de faltas.  Podía ser un polemista duro e injusto.  Como otros hombres de su tiempo, creía en la persecución de los herejes y su supresión por la violencia.  Sin embargo, era un hombre bueno y cristiano.  
    Tomás Moro significó y significa una grave hipoteca para el anglicanismo.  Pero honra a la nación inglesa haberle demostrado en fechas recientes su respeto mediante monumentos en el Parlamento inglés y en la Torre de Londres.  
    Pero la nacionalización de la Iglesia no podía limitarse a la imposición de la autoridad real y a la eliminación de la papal.  Las secularizaciones de las riquezas del clero regular siempre supusieron un acicate para el apoyo de los señores a la instauración de la Reforma en los Estados continentales que se habían adherido a ella.  Así pues, los bienes espirituales eran un rico y tentador botín; lo cual no quiere decir que la operación desamortizadora obedeciese sólo a motivos puramente hacendísticos.  
    Con el desmantelamiento de los monasterios se aniquilaba la fuerza de oposición más poderosa.  Los monjes contaban con muchos detractores, pero también con clientelas aguerridas con posibilidades de influencia en la opinión pública.  Y, en contraste con la actitud sumisa de obispos y párrocos, este otro sector, más internacional y con sus centros de poder en Roma, ya había dado muestras de resistencia a la nueva política eclesiástica.  
    En este contexto, y con las expectativas de muchos intereses como telón de fondo, poco costó a Cromwell conseguir que el Parlamento aprobase el vaciado humano de monasterios y la transferencia de sus propiedades y rentas a la Corona.  
    Las medidas se tomaron de forma gradual y prudente.  Se pensó, en primer lugar, en los monasterios menos ricos y poblados.  Visitas para contrastar su previsto grado de relajación, la multitud de abusos conocidos por la versión de visitadores regios, dieron motivos para decretar la disolución de unos trescientos veinte conventos (con rentas no superiores a doscientas libras).  Sus cerca de diez mil monjes, frailes y monjas no fueron puestos en la calle de forma inhumana: a todos se les aseguró la subsistencia con pensiones dignas.  Fue la Real Hacienda la beneficiada en esta primera fase desamortizadora: la nacionalización de los bienes monásticos incrementaron el Tesoro Real de forma considerable.  Otra cosa sería el destino posterior de estos recursos.  
    Roturado el camino, se avanzó hacia lo previsible: en los tres años siguientes se forzó a los monasterios más ricos a que espontáneamente cediesen sus bienes al jefe de la Iglesia.  Hubo resistencias de abades que se interpretaron como signos de sumisión a Roma.  Por ello sus protagonistas fueron tratados como traidores, es decir, ejecutados para escarmiento ajeno.  Así, en 1540 la Corona ya la era dueña de todos los monasterios mejores.  
    Entonces, la Real Hacienda se vio aliviada por ingresos de cerca de dos millones de libras que los compromisos bélicos inmediatos se encargaron de consumir.  Los bienes inmuebles y la tierra (se dice que un cuarto de toda la inglesa), no cabía esperar que se dedicasen a inversiones productivas inmediatas ni tuviesen una orientación social.  Fueron utilizadas por su nuevo propietario real para pagar favores y recompensar a la nobleza cercana.  Pero una cantidad más crecida se donó o malvendió a la burguesía de los oficios, a funcionarios o arrendatarios; a los pequeños propietarios o gentlemen rurales: se afianzaba así una especie de nobleza nueva, una futura aristocracia que tendería a identificar sus intereses con el sistema político al que debían su situación y oportunidades.  
    No es extraño que Ana Bolena, que sólo dio a Enrique VIII una niña viva (la futura Isabel I) y un hijo muerto siguiera la suerte de su antecesora.  El solícito arzobispo Cranmer no tuvo mayor inconveniente en declarar nulo el matrimonio y ejecutarla por traidora a sus veintinueve años (mayo de 1536).  
    Al día siguiente de la ejecución, el rey se casó con una dama de familia cortesana, comprometida en todas las luchas por el poder: Jane Seymur, que necesitó dispensas de consanguinidad facilitadas por quien hacía los oficios anteriores de la curia romana, es decir, el arzobispo Cranmer.  Jane Seymur fue la única mujer que le dio un hijo (el futuro Eduardo VI), solución momentánea pero no del todo segura, y más cuando las princesas María e Isabel habían nacido en matrimonios nulos legalmente, con todas las implicaciones de la legitimidad a la hora de la sucesión.  De hecho, Jane Seymur murió, adolescente, de sobreparto (octubre de 1537) conforme a lo normal en aquellos comportamientos demográficos.  
    Las tres mujeres siguientes ni hijos le dieron, y ello ha dado ocasión para insistir en la decadencia biológica del monarca.  El cuarto matrimonio se arregló por Cranmer y Cromwell, deseosos de comprometer al rey en la acción protestante contra Carlos V.  El rey conoció a Ana von Kleve (cuñada del príncipe protestante Juan Federico de Sajonia) a tenor de la normativa prenupcial corriente, es decir, a través de un retrato engañoso a todas luces.  Al primer encuentro personal se vio la incompatibilidad, y tras el proceso correspondiente (todo se hacía por las vías de la legalidad), se probó la nulidad de un matrimonio contraído sin intención: Cranmer lo volvió a anular, y Cromwell, considerado responsable del fracaso político-matrimonial, fue encerrado y decapitado (1540).  La alemana repudiada, con una importante renta anual, se encariñó con Inglaterra y allí vivió hasta su muerte (1557).  
    De nuevo se casó Enrique VIII con otra mujer de los círculos cortesanos, Catalina Howard, de dieciocho años.  Pero se tuvo que abrir otro proceso, esta vez por infidelidades, ya que los adulterios –huelga advertirlo- no se medían de igual manera en el marido que en la mujer.  Naturalmente, tras el proceso, fue decapitada.  
    La sexta y última mujer tendría mejor fortuna.  La verdad es que Catalina Parr (+1548), partidaria de la Reforma, llegaba con experiencia: era viuda ya dos veces cuando casó con el rey.  Tuvo habilidad, no hay duda; sobrevivió a Enrique VIII (+1547); se volvió a casar con Tomás Seymur, y murió de sobreparto.  Colaboró, sin molestar el retorno al catolicismo del rey, a la sombra con Cranmer preparando las medidas protestantes que podrían realizarse en tiempos de Eduardo VI.  
    Hasta ahora no hemos tropezado con nada parecido a la Reforma.  Enrique efectuó grandes cambios en la organización de la Iglesia medieval y gran parte de lo que hizo fue de importancia en la vida de la Iglesia inglesa.  
    De hecho, Enrique no fundó ninguna nueva Iglesia y ni siquiera reformó la antigua, solamente separó la Iglesia de Inglaterra de la jurisdicción papal.  Crammer y otros aportaron su genio y buena voluntad para aprovechar esta coyuntura histórica y reformar lo que era necesario, para que la Iglesia Católica de Inglaterra volviera a su prístina pureza y santidad de antaño.  El resultado fue una Iglesia, que es parte legítima de la verdadera Iglesia de Cristo, santa, católica y apostólica, pero que no tiene ninguna relación de dependencia del papado, sólo la que corresponde a dos Iglesias hermanas, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II y el movimiento ecuménico -iniciado por un sacerdote anglicano, el Padre Wattson en Inglaterra, a fines del siglo XIX- y la creación de Comisiones Anglicano-Católicas para estudiar la doctrina.  
    La Iglesia de Inglaterra reconoce al Papa como jefe de la Iglesia Católica Romana, con autoridad allí donde las Iglesias locales la acepten, pero sin ninguna jurisdicción sobre el resto del cristianismo universal; al mismo estilo que las Iglesias Ortodoxas.  
    El Partido mayoritario era el que apoyaba la política del rey, que no quería reforma protestante pero tampoco aceptaba la jurisdicción papal.  Se les llamó “anglicanos” por el término “Ecclesia Anglicana” con que se designaba a la Iglesia Católica inglesa desde hacía siglos y en especial en la Carta Magna del 15 de junio de 1215.  
    Pero había otros dos partidos importantes, el romanista,  llamado a sí mismo “católico”, que pretendía la restauración del poder papal, del que la princesa María era su más fanática y conspicua integrante, y el “protestante” que quería introducir, a cualquier costo, la Reforma Continental.  
    De este partido hablaremos ahora, pues durante todo aquel tiempo, unas veces con el apoyo real y otras sin él, las ideas reformadoras se habían ido posesionando del país.  Cranmer había hecho traducir la Biblia al inglés, y por mandato real una gran Biblia había sido colocada en cada capilla, donde todos pudieran leerla.  Esta era un arma poderosa en manos de los propagandistas de la Reforma, que iban de lugar en lugar señalando los puntos en que las Escrituras parecían darles la razón.  La disolución de los monasterios privó al partido conservador de uno de sus más fuertes baluartes.  Y los humanistas, que eran numerosos e influyentes, veían en la política real una oportunidad de llegar a una reforma sin los que les parecían excesos protestantes.  El resultado fue que a la muerte de Enrique VIII el partido reformador contaba con fuerte apoyo en el país, y los libros de Lutero eran leídos en Inglaterra.  
    El centro intelectual del movimiento reformador se hallaba en Cambridge.  Allí solía reunirse un grupo de jóvenes, para leer y discutir los libros luteranos en la “Posada del Caballo Blanco”, conocida con el apodo de “Alemania”.  Este contacto entre Lutero y la mente inglesa constituye el verdadero comienzo de la Reforma inglesa.  Lutero fue un gran teólogo que durante treinta años predicó y expuso las Escrituras regularmente.  Bajo su mensaje, las simples palabras del Evangelio adquirían un tono nuevo.  Hasta que él se puso a predicar la Biblia era cosa de eruditos.  Pero los nuevos teólogos aprendieron de él a leerla como si lo hicieran por primera vez.  Entraban en una relación personal con ella y sentían que era la Palabra viva de Dios.  
    Uno de aquellos jóvenes que leía a Lutero en la Posada del Caballo Blanco era el futuro arzobispo Tomás Cranmer, hombre de gran utilidad para el rey Enrique.  Junto a él estaba también Nicolás Ridley, más tarde obispo de Londres y mártir (+1555).  
    Cuando murió el arzobispo Warham, Enrique decidió que Cranmer fuera su sucesor.  Cranmer, que entonces se encontraba en Alemania, sabía algo de las cargas que caerían sobre sus hombros académicos y reacios e hizo cuanto pudo para rehusar el honor.  Pero Enrique solía obtener lo que quería.  Lo que obtuvo en esta ocasión fue el arzobispo que necesitaba.  Lo mejor que pueda decirse a favor de Enrique es que nunca cesó de respetar y proteger a Cranmer, y que Cranmer llegó a amar tanto a su soberano que, cuando el rey murió, se dejó crecer la barba en signo perpetuo de luto por él.  Lo que Cranmer obtuvo fue, a la postre, el martirio.  Pero, en los veinte años intermedios, hizo más que nadie para convertir la Iglesia de Inglaterra en una Iglesia bíblica.  La Reforma inglesa no tuvo ningún Lutero o Calvino, por el contrario, contó con un hombre que poseía gran genio para el culto litúrgico.  
    Cranmer era un típico profesor de Cambridge, es decir, una persona que gustaba de mirar todos los aspectos de una cuestión y que se mostraba lento en decidirse por ninguno.  Pero, una vez tomada la decisión, ésta era definitiva.  Es verdad que no era un erudito; es decir, no era como Calvino; pero era un buen conocedor de la Patrística y de las antiguas liturgias.  Además, gozaba con la compañía de hombres que fueran más eruditos que él y poseía el arte de persuadirles a poner a su disposición los tesoros de su erudición.  ¿Cuáles eran las verdaderas ideas religiosas de Cranmer y cómo intentó ponerlas en práctica a través de sus virajes?  En primer lugar, Cranmer, como otros reformadores, se había enamorado de la Palabra de Dios.  Creía que la Biblia, sin glosa, era la Palabra viva de Dios.  Estaba convencido de que, si lograba convencer a sus compatriotas a leer la Biblia, con el tiempo, se abriría camino en sus corazones y conciencias.  Hasta el siguiente reinado no pudo Cranmer proveer a su Iglesia de un leccionario; pero cuando lo hizo, en un día convirtió a la Iglesia de Inglaterra en la de más lectura bíblica del mundo.  Al hacerlo así, Cranmer depositaba una gran confianza en sus compatriotas.  Pero también en eso fue el típico anglicano: el anglicanismo es una forma de la fe cristiana que demanda y espera mucho de la gente ordinaria.  
    En 1536, Juan Calvino, que todavía no era el líder de Ginebra, publicó la primera edición de su Institución de la religión cristiana.  Esta gran obra influyó sobremanera en la mente de Tomás Cranmer, y aún todavía continúa influyendo sobre los corazones y conciencias de muchas personas.  Calvino fue el oráculo de una Reforma mejor diseñada, más exigente y despiadada que la de Lutero.  Escocia se convertiría en la segunda patria del calvinismo.  La Iglesia de Inglaterra caería por un tiempo tan profundamente bajo su influencia que se tornaría una Iglesia protestante.  Tomás Cranmer fue el artífice de todo ello, con la ayuda del nuevo soberano, el príncipe Eduardo VI, hijo de Enrique.  
    Pero Enrique no estaba muerto todavía, y sus resistencias a ir más allá en las reformas se explican porque el rey, por 1540, había vuelto a lo que en realidad había sido siempre: un católico convencido de su poder y de sus dignidades reales sin compromisos con todo lo que sonase a protestantismo.  La coyuntura internacional había cambiado, y de la hostilidad hacia el emperador se había pasado a una posible inteligencia con Carlos V, que le andaba solicitando contra el monarca francés.  
    Y este giro hacia el catolicismo doctrinal (sin Papa, claro está) es el que inspira los últimos años de su vida.  El documento más claro, que, además, fue aplicado sin contemplaciones, es el famoso de los Seis artículos, vulgarmente conocido como los Seis latigazos por las duras penas a los transgresores; y es la oficial y parlamentaria Ley para abolir la diversidad de opiniones (diciembre de 1539).  Se afirma la transubstanciación; se niega la necesidad de comulgar bajo las dos especies; se impone el celibato sacerdotal (Cranmer tuvo que remitir a su mujer al continente), la obligatoriedad de los votos de castidad, las misas en privado, la confesión auricular, la devoción a los santos.  Es decir, lo más antiprotestante que imaginarse pudiera, y además con penas que llegaban hasta la hoguera para los que negaren la presencia real eucarística.  Por eso, es absurdo afirmar que Enrique abandonó Roma para abrazar la Reforma y enmascarar ahí su tiránico talante.  
    Se produce también el relevo de personalidades: Cromwell, culpado del matrimonio con una luterana, fue ejecutado; Gardiner, representante de la tendencia tradicional, es revalorizado.  La lectura de la Biblia fue prohibida a mujeres, artesanos, a gentes sin sólida formación.  La Inquisición, vigorosa y activa, religiosa y política, se cernió contra la heterodoxia subversiva, con sus tramas de delatores de rigor, sus tribunales de condado, sus audiencias regulares y juicios rápidos.  Papistas que cuestionaban la primacía regia fueron condenados a la horca por traidores; protestantes y extremistas iban a la hoguera por herejes, desde teólogos como Barnes, los satíricos cantores de la capilla real hasta la zwingliana Ana Askew.  Enrique continuó quemando luteranos y ahorcando papistas, a veces incluso juntos; pero nunca en grandes números ni en una escala como para perder la lealtad de sus vasallos.  
    Es difícil conjeturar qué pasó por la mente de Enrique en sus últimos años de reinado.  Debió de saber que la mitad de sus obispos eran luteranos, pero continuó respetando y protegiendo tanto a Cranmer como a Gardiner.  A veces, Enrique negociaba con los príncipes alemanes y otras no; la influencia luterana subió y bajó con el barómetro político.  Debió de ser muy arduo para sus vasallos recordar bajo cuántos artículos estaban viviendo.  No obstante, cosa muy significativa, permitió que su único hijo fuera educado por tutores protestantes.  No podría haber dudado de lo que ocurriría inmediatamente después de su muerte.  
    Fue un tiempo peculiar aquel de los años finales de Enrique VIII, que murió piadosamente, asistido por el fiel Cranmer, el 28 de enero de 1547.  Aquella mala bestia dejó el desconcierto religioso con la única claridad incuestionable de la supremacía del monarca.  Legó un clima de represión, de división entre las elites, con sus dos tendencias irreductibles (hablar de partidos sería anacrónico): la mayoritaria, de signo tradicional, que no quiere ir más allá en las reformas, representada por Gardiner; y la minoritaria, más activa y filoprotestante, apoyada por Cranmer.  Lo único en que coinciden es en su lealtad monárquica.  Una y otra encontrarán su momento favorable con los reyes sucesivos.  
    Todos estos acontecimientos, animados por las políticas del rey Enrique y el Papa Clemente, produjeron una pugna entre los monarcas de la familia Tudor y el papado, lo cual preparó el camino de lo que es hoy el cristianismo anglicano.  Cuando Enrique separó la Iglesia de Inglaterra del dominio de Roma, sin darse cuenta le dio esperanza al pueblo dentro y fuera de Inglaterra que deseaba reformar la iglesia según las ideas de Lutero.  Después de la muerte de Enrique, su arzobispo Cranmer publicó el primer Libro de Oración Común, el cual representó una etapa del desarrollo de la Reforma adoptada por los ingleses: un modelo de liturgia y teología primitiva, la adoración en el idioma del pueblo, un énfasis en escuchar las Escrituras leídas y explicadas en inglés, comunión para todos del Cuerpo y la Sangre, proporcionándoles a los cristianos una estructura para las oraciones diarias.  Al mismo tiempo regresaron al país muchas personas que se habían exiliado por cuestiones religiosas, y que ahora traían ideas teológicas procedentes del continente, en su mayoría calvinistas.  Un segundo Libro de Oración Común influenciado por los teólogos reformados fue publicado en 1552.  La diferencia entre los dos libros de oración era índice del rumbo que llevaban las cosas en Inglaterra.  
    Las circunstancias de la anulación matrimonial de Enrique VIII con Catalina de Aragón fue la ocasión, pero no la causa, de la ruptura con Roma.  Enrique no fundó ninguna nueva Iglesia; simplemente restauró la autonomía legítima de la vieja Iglesia Anglicana.  Durante su reinado no hubo alteraciones radicales de la fe.  El clero siguió sin cambios y la misa continuó en latín, aunque Enrique apoyó al arzobispo Cranmer en su petición del uso del inglés para el Padrenuestro, los Diez Mandamientos, el Credo y las lecturas bíblicas.  De modo que, aunque ya no estaba bajo la jurisdicción de Roma, la Iglesia Anglicana seguía siendo católica, aunque autocéfala.  Pero a la muerte de Enrique VIII en 1547 le sucedió su hijo Eduardo VI, en cuyo reinado se introdujeron un número importante de reformas.  Sin embargo, en general estas reformas, en muchos aspectos, fueron menos radicales que las introducidas por la propia Iglesia Romana en su Vaticano II.  

[editar] Antecedentes del siglo XVI

La historia del protestantismo en España se remonta al siglo XVI, cuando varios creyentes españoles sintieron pleno acuerdo con los planteamientos de la Reforma Protestante iniciada por Martín Lutero en Alemania. Grupos destacados entre estos creyentes fueron los de Valladolid (afines al luteranismo) y Sevilla (inicialmente favorables al calvinismo). Del grupo sevillano participaron los monjes jerónimos del Monasterio de San Isidoro del Campo.

El primer protestante español que tuvo contacto con la incipiente reforma del anglicanismo fue Francisco de Encinas, quien había conocido la salvación por gracia, por medio de la fe, en los Países Bajos. Posteriormente, había estudiado en Wittenberg y vivido en casa de Philipp Melanchthon, donde tradujo el Nuevo Testamento al idioma castellano. Más tarde se refugió en Basilea, hasta que en 1548 marchó a Inglaterra en compañía de su esposa. Llevaba cartas de recomendación escritas por Melanchton para el arzobispo Thomas Cranmer (verdadero introductor de la Reforma en la Iglesia de Inglaterra), quien le ofreció una cátedra de griego en la Universidad de Cambridge. A finales de 1549, viajó nuevamente a Basilea para publicar sus traducciones al castellano de los autores clásicos, que fueron editadas en Estrasburgo, donde murió en 1552 víctima de la peste.

Otro español de la época relacionado con el anglicanismo fue Casiodoro de Reina, monje jerónimo de Sevilla, que había huido de allí junto a algunos amigos para refugiarse en Ginebra. Pero Casiodoro no residió a gusto en la ciudad de Calvino, pues había escapado de España huyendo de la Inquisición española y encontró practicamente la misma actitud fanática en la teocracia calvinista. Partió por ello hacia Fráncfort del Meno y poco después a Inglaterra, cuando subió al trono Isabel I de Inglaterra.

Casiodoro se afilió en Londres a una iglesia de habla francesa, aunque algo después se pudo reunir con un grupo de españoles exiliados y formar una comunidad cristiana de habla castellana. Casiodoro pidió ayuda a la reina Isabel, que le concedió una pensión y el uso de la capilla de St. Mary Axe. Para tal fin, Casiodoro escribió una Confesión de Fe, clara expresión de su espíritu libre y tolerante, la naturaleza de esta confesión, produjo sin embargo entre los puritanos refugiados en Londres, la decisión de emprender una campaña de desprestigio contra él. Entre 1561 y 1563 Casiodoro tuvo que soportar todo tipo de acusaciones provenientes de las filas del calvinismo, que veían en su Confesión de Fe un cúmulo de herejías. Afortunadamente, en todo aquel período recibió el apoyo del obispo de Londres (que en 1576 llegaría a ser Arzobispo de Canterbury), Edmund Grindal. Durante este tiempo también, Casiodoro trabajó en su ampliamente difundida traducción de la Biblia al castellano que algunos años después, y no sin muchas dificultades, publicaría en Basilea.

Otro español que pasó más de la mitad de su vida entre anglicanos fue Cipriano de Valera, también monje jerónimo en Sevilla y que al igual que su compañero Casiodoro de Reina, salió huyendo hacia Ginebra, aunque tampoco pudo permanecer allí mucho tiempo. Acabó posteriormente en Inglaterra después de un ajetreado peregrinar por Europa. En Londres ayudó a Casiodoro en sus tareas pastorales y además, dio clases en las universidades de Cambridge y Oxford. De entre sus descendientes, hubo varios que llegaron a ser ministros de la Iglesia de Inglaterra. Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera son los traductores de la versión de la Biblia más conocida del castellano, la Reina-Valera.

Pero el creyente español que más participó en la vida de la Iglesia de Inglaterra del siglo XVI fue Antonio del Corro, sobrino del inquisidor sevillano el mismo nombre. Fue, como sus anteriores compañeros, un emigrado a Europa en busca de libertad religiosa. También marchó a Ginebra en 1557, pero después de una corta estancia en Ginebra fue a la Universidad de Lausana a estudiar teología. Allí Teodoro de Beza fue su maestro, haciéndose al mismo tiempo amigo suyo. En 1566 aceptó el cargo de pastor de la iglesia de habla francesa de Amberes, pero por su condición de español, sólo pudo quedarse allí dieciocho meses, pasando después a Inglaterra, de donde ya no volvió. En Londres no congenió muy bien con los refugiados franceses (calvinistas en su mayoría), dejándose llevar entonces hacia la diversidad de la Iglesia de Inglaterra. En 1571 fue elegido profesor de teología e ingresó en la Universidad de Oxford, y en 1579 publicó su obra clave Paraphrasis and Commentary on Eclesiastes, según la cual, todos los cristianos deberían dejar de lado sus diferencias y buscar la "vía media". Murió en Londres el 3 de marzo de 1591, y fue enterrado en la iglesia de San Andrés.

[editar] Establecimiento de la IERE

Hacia 1870, en Sevilla, los protestantes españoles declararon su intención de organizar una Iglesia reformada unida para todo el país, pero la intención no se pudo concretar, debido a las profundas diferencias con respecto a la organización de la Iglesia: presbiterianismo, congregacionalismo y la postura de aquellos que deseaban una Iglesia esencialmente española, pero de gobierno episcopal, según la tradición de la primitiva Iglesia cristiana en España.

A principios del año 1870, el clérigo de la Iglesia de Inglaterra Lewen S. Tugwell llega a Sevilla para hacerse cargo de la capellanía dependiente del Consulado inglés. En dicha ciudad encontró a ciertos españoles involucrados en un movimiento reformista encaminado a extender las verdades de la Biblia, a combatir la ignorancia que de ella se padecía y, de esa forma, lograr una espiritualidad que contravenía los modos de la Iglesia Católica de la época.

Interesado por esa labor, el capellán inglés buscó un colaborador para encauzar esta obra, encontrándolo en el ex sacerdote católico, convertido al anglicanismo en Londres, Francisco Palomares García. Junto a otros colaboradores, se concretó una misión entre españoles y para españoles, en la que se establecían dos objetivos: predicar la Palabra de Dios y dar instrucción secular a todos.

En el año 1870 también existía una Iglesia Reformada en Sevilla, fundada y pastoreada por Juan Bautista Cabrera, ex-sacerdote escolapio que se había refugiado en Gibraltar hasta la Revolución de 1868. Esta iglesia y la misión iniciada por Palomares realizaban sus trabajos en Sevilla con total independencia, sin más conexión entre ellas que la fraternidad cristiana. La obra supervisada por Palomares quedó definida bajo el nombre de "Iglesia Española Reformada Episcopal" (IERE). Este nombre da a entender que, desde el principio, esta Iglesia tuvo un corte netamente protestante, lo cual siempre constituyó un problema para todos los anglicanos españoles que se sentían más atraídos hacia la tendencia High Church.

En noviembre de 1874 Juan Bautista Cabrera se trasladó a Madrid para hacerse cargo de la Iglesia Evangélica del Redentor, cuyo pastor, Antonio Carrasco, había fallecido en un naufragio algunos meses antes.

Años después, el 2 de marzo de 1880, y en la ciudad de Sevilla, cinco congregaciones: una en Madrid pastoreada por Cabrera, tres de Sevilla bajo Francisco Palomares y una de Málaga dirigida por el laico Sr. Domínguez, se reunían en Sínodo bajo la presidencia del obispo de México, Enrique Chancey Riley, de visita en España, y se constituían como Iglesia.

Durante la celebración de dicho Sínodo, y por el mencionado obispo, fue ordenado diácono y presbítero el Sr. Domínguez. Asimismo, Cabrera fue elegido obispo con jurisdicción sobre la Iglesia constituida.

En la consagración episcopal de Juan Bautista Cabrera (1894) intervinieron tres obispos de la Iglesia de Irlanda, que conservaban la antigua sucesión de san Patricio de Irlanda.

Esta Iglesia (IERE) se siente moralmente continuadora de la antigua Iglesia Hispana, de la que afirman gozó de independencia jurídica de Roma hasta el siglo XI. La antigua Iglesia de España se rigió por los acuerdos de sus propios y numerosos sínodos, y contó también durante siglos con una liturgia propia: la Liturgia hispánica.

La primera edición de la liturgia de esta iglesia, fue aprobada en el Sínodo de 1881 y revisada posteriormente. Su forma y contenido son los del antiguo rito español, también llamado visigótico o mozárabe, completado con elementos anglicanos, de otras liturgias reformadas y originales.

Al precisar que la IERE era una Iglesia española, se quería decir que ella no era el resultado de la actividad de misioneros extranjeros. Desde sus inicios sus ministros eran, en su mayoría, ex-clérigos católicos que rompían con la Curia Romana a causa de su conciencia. Por eso, la IERE se presentó siempre como una Iglesia española y para españoles, de corte protestante, pero heredera de la "vía media anglicana" que acepta en su seno las tradiciones católicas de siempre.

La Iglesia Española Reformada Episcopal pasó, durante las distintas etapas políticas de España, por difíciles momentos de intolerancia, persecución, represión e indiferencia, manteniendo su testimonio a pesar de todo ello y de otros problemas de índole económica.

Hasta el día de hoy y tras muchos avatares, esta Iglesia ha estado presente en España, siendo siempre supervisada por obispos en sucesión apostólica y hallándose ahora regida por su quinto obispo: Carlos López Lozano.

[editar] Véase también

[editar] Enlaces externos

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